Miércoles 22 de Noviembre 2017

Nunca hay que dejar de ser fieles a nosotros mismos

Por más presiones que tengas, jamás debes olvidar que siempre estará por encima de todo tu bienestar
Nunca hay que dejar de ser fieles a nosotros mismos
Si no actúas conforme tus principios, te habrás defraudado a ti mismo.

Mi jefe miró detenidamente la planilla con los resultados del trimestre. Era la primera vez en tres años que ese programa de televisión daba ganancias.

-“Muy bueno, me felicitó devolviéndome la hoja. Del dinero que deje este año, el 75% es para ti y el 25% restante para mí”, dijo guiñándome un ojo y después buscando la aprobación de su socio Norberto, que estaba frente a nosotros.

Salí de su despacho contento. Había ido orgulloso, a mostrarle que no era cierto que ese programa era malo, sino que el equipo que lo conducía era el problema. Me había bastado un solo trimestre para cambiar unas cuantas cosas, dejar de perder plata y volverlo rentable.

En mi escritorio me puse a pensar en el incentivo propuesto por mi jefe. Si bien parecía desproporcionado porque él era el dueño, el que pagaba los sueldos, el que corría los mayores riesgos, no era una idea tan disparatada.

Después de todo, este programa no representaba nada para sus finanzas. Él era el dueño de un grupo con múltiples intereses y rentas. Empresas de seguros, construcción, medios de comunicación. Para mí, en cambio, cualquier peso adicional que consiguiera sería un extra a mi sueldo.

Mi jefe era también mi inspiración; un empresario muy carismático, muy vendedor, y poderoso. Desde el día que lo conocí, quedé fascinado con su magnetismo. A partir de cuando entré a trabajar con él, rápidamente fui tratando de imitarlo en todo lo que pude, por empezar, la ropa. Si bien estaba lejos de sus presupuestos, me mandaba a hacer las camisas con mis iniciales, me compraba trajes buenos y corbatas hermosas. Carisma tampoco me faltaba, aunque dudaba de tener su instinto asesino, o su relativismo moral.

El tiempo fue pasando y los números del programa consolidándose. Encima, como ahora tenía un incentivo claro, me desvivía por conseguir más anunciantes y tratar que diera la mayor rentabilidad para maximizar mi premio.

Cuando faltaba poco para terminar el año, revisé los números en detalle. Mi 75% podría ser equivalente a otros seis sueldos míos. ¿Qué voy a hacer con ese dinero?, me pregunté.

Mi primer reflejo fue cambiar el auto. Había un Alfa Romeo que me encantaba. Pero mi mujer no va a querer, pensé. Ella va a preferir que reformemos el departamento, o que nos vayamos de viaje.

Cuando terminó el ciclo, el programa dejó una rentabilidad de $54,000 dólares. ¡Mi parte eran cuarenta mil! ¡Un montón de dinero!

Orgulloso, hice la presentación y se la llevé al presidente de la empresa. La miró, me felicitó, y la dejó sobre su escritorio.

-“¿Cómo avanza la operación el sanatorio?”, me preguntó cambiando de tema.

-“Trabajosa”, dije. “No es fácil lidiar con la curia. Quieren el dinero pero solo para ellos. Al final, no parecen tan espirituales”.

-“No les pierdas pisada”, me dijo sonriendo.

Yo también estaba llevando adelante el negocio de comercializar un sanatorio de la iglesia católica. Todo había funcionado bien al principio, y el cura delegado por el arzobispo nos había pedido que fuéramos a fondo y no escatimáramos recursos. El problema era que cuando después de mucho esfuerzo, las cosas empezaron a funcionar bien, no nos cumplían el contrato y solo diferían sus compromisos de pagarnos el montón de dinero que nos debían.

Volví a mi escritorio levemente contrariado. Más allá de la rápida felicitación, no habíamos hablado de mi premio. Tal vez era un poco precoz, porque una parte todavía no se había cobrado. “Pero me podría haber dicho algo, ¿no?”, pensé. “Tranquilo Claudio”, me serené. “Va a hablar del tema cuando esté completamente cobrado, así lo resuelve todo junto”.

Pasaba el verano, y a fines de enero ya se había cobrado casi todo. Faltaban algunas cosas, pero eran pocas. “¿Me pagará todo o aunque sea el proporcional de lo que cobramos?”. Mis propias preguntas ya empezaban a intranquilizarme. “¿O será que no piensa pagarme nada? No puede ser, si cuando me prometió el 75% estaba delante de Norberto, que es un caballero.  Tranquilo”, me dije.

A mediados de marzo había que decidir la continuidad del programa. Yo, que a esas alturas estaba muy inquieto, me di cuenta que el productor periodístico había hecho un mucho mejor negocio. Cada mes había cobrado $3,000 dólares, por hacer algo bastante simple, ya que muchos invitados eran también gestiones mías.

Si yo finalmente cobraba mi premio, terminaría ganando bastante más que el productor. Pero, ¿y si no lo cobraba? Paralelamente sentí algo de culpa porque en el fondo la idea de que yo cobrara el 75% cuando mi jefe era quien asumía todo el riesgo y  solo se llevaría el 25% no me parecía del todo justa.

-“¿Seguimos con el programa este año?”, me preguntó semanas después.

Yo, que a esas alturas estaba muy preocupado con mi premio, le dije:

-“Pero al productor no podemos seguir pagándole  $3,000 dólares. Al final, es poco y nada lo que hace y cobra más que yo que me ocupo de que todo salga adelante.

Mi comentario no era inofensivo. Más allá de confrontarlo indirectamente con el hecho de que yo no había cobrado nada, me estaba metiendo con el productor, que si bien era cierto que hacía poco y nada, era amigo suyo. Ahora mi jefe tenía un problema nuevo; una interna en su equipo.

En realidad yo no me quería pelear con el productor ni con nadie. Solo quería que me pagaran. Si me daban mi bono, aunque no fuera justo que el otro cobrara $3,000 dólares mensuales por lo que hacía, yo seguía adelante. Pero empezar otro ciclo anual cuando no me estaban cumpliendo, y en donde continuaría esa injusticia, era mucho. Lo que no medí bien fue que lo estaba acorralando a mi jefe, casi forzándolo a que diera de baja el programa. ¿Para qué continuar con algo que le daba migajas y lo obligaba a pelearse con un amigo? El hilo siempre se corta por lo más delgado.

Me despachó con una mueca, sin decir palabra.

“Yo no podía hablar del tema con nadie. No quería exponerme a quedar como un idiota, al que no solo le incumplían la promesa sino que también era incapaz de reclamarla””

Me daba terror plantearle al presidente que me debía dinero. Era tal la asimetría de poder entre él y yo –dueño de la empresa versus empleado-, que no me animaba a hablarle del tema, no fuera cosa que además de no pagármelo, me echara por insolente”

Con las aguas tan revueltas, el programa no arrancó.

Para mediados de junio, me di cuenta que mi posición era mucho peor que antes. La empresa ya había cobrado todo lo del año previo y ni comentario de pagarme mi 75%. A esas alturas me conformaba con un 50%. O tal vez un poco menos si la explicación era razonable. Pero nada ocurría.

Pocos días después, en un ataque de impulsividad, en una de nuestras tantas conversaciones laborales, le dije a mi jefe:

-“¿Te acuerdas que me habías prometido pagarme una parte de la renta del programa?”, mientras sentía que estaba corriendo un riesgo de muerte.

-“Déjame ver. Porque tuvimos algunos incobrables fuertes en tu división”

Me quedé helado. Me fui de su despacho con la cola entre las piernas. Era cierto que en otro negocio bajo mi responsabilidad, un cliente había dejado de pagar. ¿Pero era culpa mía? Cuando me había prometido premiarme con la renta del programa de televisión no la había atado a otros negocios.

Me cagó. Game over. Ese día supe que el sueño de mi bono era solo eso: un sueño.

Varias noches tardé horas en dormir pensando cómo retomar el tema. Involucrarlo a Norberto que había sido testigo. Confrontar duramente con el presidente, a suerte o verdad.

“Todos los corajes nocturnos desaparecían con la luz de la mañana. No podía hacerlo. Al final, tenía pánico que por reclamar mi justo bono terminara perdiendo mi empleo. Mi mujer se acababa de quedar embarazada de nuestro primer hijo y no eran tiempos para estar sin trabajo. ¿Alguna ocasión lo sería? ¿O la vida es eso que nos pasa mientras esperamos el momento adecuado?”

Durante un año seguí yendo al trabajo como un muerto en vida. Fingía entusiasmo cuando por dentro estaba enojado, frustrado, rencoroso.

Un día, un amigo me propuso un negocio muy interesante para hacer con mi empresa.

-“¿Qué te parece?”, me preguntó.

El negocio estaba muy bueno. Desde la empresa podíamos llevar adelante ese programa porque teníamos el equipo de trabajo y los contactos para hacerlo. Mi amigo sería el conductor, lo cual también abría un sinnúmero de posibilidades porque era un tipo muy reconocido y querido en el ambiente.

Cuando me estaba entusiasmando, caí en la cuenta que iba a tener que lidiar nuevamente con mi jefe y sus promesas. Después de unos instantes en que mi cara debe haber cambiado abruptamente, le dije:

-“No va”.

-“¿Por qué? ¿Qué parte no te convence?”

-“Antes de llevar otro negocio y que me vuelvan a cagar, prefiero ni intentarlo”.

Me miró asombrado. No sabía a qué me refería, pero entendió.

Los días siguientes, cuando terminé de escuchar lo que le había dicho a mi amigo, me di cuenta que tenía que irme de ese trabajo. El tiempo de hablar se había terminado. Había esperado casi un año que me cumplieran, y otro año más, sabiendo que eso no sucedería nunca.

No solo no iba a trabajar con alegría, sino que abiertamente prefería que las cosas no avanzaran para que no me engañaran de nuevo. Era hora de irme.

El nacimiento de mi primer hijo fue el catalizador de la decisión. Pocos meses después, y aunque fuera el momento menos oportuno para quedarme sin trabajo, sentí que tenía que irme sino quería agarrarme un cáncer.

A la única persona que le conté fue a mi mujer. Por suerte ella me apoyó. Aunque nunca habíamos hablado del tema, sabía que en el fondo algo me estaba pasando.

A la semana siguiente, le dije a mi jefe que sentía que era un ciclo cumplido y que me iba. Para él debe haber sido un alivio porque hacía un tiempo que mi performance era floja. Me lo dijo.

“Pensé en incendiar la charla, y decirle que todo era consecuencia de que me había cagado. Que si hubiera cumplido su palabra yo habría mantenido mi nivel y traído más negocios que no rechacé solo para evitar que me volviera a fallar. Pero no me animé a confrontarlo. Ni siquiera renunciando podía decir la verdad. Simplemente me fui, como si él tuviera razón”

Me había pasado dos años con temor a hablar por miedo a que me echaran, y finalmente yo mismo dejaba el trabajo, sin siquiera haber reclamado lo que era justo, o aunque sea, explicar las razones de mi salida.

Ya en la calle, casi mi agarro a trompadas con un tipo que no me cedió el paso. Me sentía aliviado de no tener que seguir yendo a esa oficina. Tenía miedo acerca de cómo generaría ingresos para mantener a mi familia. Y estaba enojado de no haber peleado por lo que era justo.

“Me acordé de Kasparov, que decía que no hay juego más arriesgado que no ser fieles a nosotros mismos”