Viernes 22 de Septiembre 2017

Relato de una noche de sexo casual

Primero una caricia en la mano, luego una frase de que te quiero besar, otra de si supieras lo que estoy pensando; en fin, ¿por qué esperar?
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Relato de una noche de sexo casual
Foto: Shutterstock

Se vistió sensual, provocativa, mejor dicho, cachonda (dicho de una persona dominada por su apetito sexual según la Real Academia Española).

Es viernes y, desde temprano en la mañana, sabía que esa noche le pertenecía. Salir a bailar salsa, conocer, ver y que la vieran; hablar, caminar, vestirse y desvestirse. Todo se convertiría en parte de la experiencia que luego, con gusto o desdén, calificaría como digna de repetir o como un huácala, palabra muy de ella y que tanto repetía en su diálogo interno.

Llegó, entró y se sentó a mirar la gente mientras la orquesta recesaba y, de repente, una voz que la saluda. Un piloto alto, trigueño tal como le gustan, simpático y hablador le arrancó la primera sonrisa de la noche. A partir de ahí, la tentación dijo presente y las insinuaciones no se hicieron esperar.

Primero una caricia en la mano, luego una frase de que te quiero besar, otra de si supieras lo que estoy pensando; en fin, ¿por qué esperar? Él estaba dispuesto al sexo casual, ese de una noche, el que te arranca los sentidos y te transporta al infinito.

Pero, ¿y ella? ¿Estaba dispuesta, otra vez, a ser parte de ese 70% de la población que sí lo practica? Tenía todos los atributos que describe la ciencia para ello: caderas anchas, seguridad y quizás hasta el famoso gen DRD4, ese que provoca nuevas sensaciones y gratificaciones espontáneas, según han señalado investigaciones en la Universidad de Nueva York.

Sabe que, de acceder, sería buscando placer sexual y punto. Nada de llamadas, citas románticas o flores. Es sexo y ya.

El asunto es que todo reforzaba su realidad: sola, estoy sola, se repetía incansablemente mientras decidía qué hacer. La verdad es que gracias a esa soledad conocía, con lujo de detalles, todo lo requerido para su deleite sexual y para sentirse bien con ella antes, durante y después. Sabía que no pertenecía a ese 50% de mujeres que no suele disfrutar sus orgasmos durante el sexo casual, ¡ella no!

Esa noche su narrativa fue otra. Le dijo al piloto que respetaba mucho el sexo; mejor dicho, que le fascinaba y que su placer sexual no dependía de nada ni de nadie. Le compartió muchas vivencias de lo que ella llamaba energía sexual divina. Él terminó diciéndole que, por lo escuchado, tenía que admitir que jamás había experimentado ese acto sexual.

Así, tal como ella lo narraba, como tocando el cielo con la mano aquí en la tierra. Se despidieron, él diciéndole que la llamaría en su próximo viaje; ella disfrutándolo desde ya en su imaginación y dispuesta a que no fuera tan… casual.

– Doctora Carmita Laboy