Miércoles 19 de Diciembre 2018

La importancia de decir cuánto amas a quienes amas

Durante una sesión de un grupo de terapia, Santiago había contado la relación que lo unía con su padre. También, que lo quería muchísimo, pero sentía que no se lo podía contar
La importancia de decir cuánto amas a quienes amas
Foto: Shutterstock

Ambos hermanos llevaban un par de horas en silencio, en la impersonal sala de espera de terapia intensiva. Los esperaba una larga noche; su padre había llegado al sanatorio en taxi, sintiéndose mal. Nada hacía presagiar que una vez adentro, sus parámetros vitales caerían como un piano. Había ingresado a una habitación normal para estar en observación.

Dos horas más tarde lo pasaron a terapia intermedia, y en otras dos a cuidados intensivos. En el parte médico de las ocho de la noche, un terapeuta sin sentimientos les había informado que el estado era desesperante, y que difícilmente sobreviviría.

-Qué increíble que el viejo haya llegado al sanatorio en taxi, y probablemente se vaya en auto fúnebre-, dijo Agustín, el hijo mayor.

Dos horas después del parte, un médico más humano les había contado extraoficialmente que el derrumbe de su padre se había detenido. No garantizaba nada, pero si permanecía estable y superaba la noche, tal vez hubiera alguna esperanza.

A media noche y dado que nadie anunciaba la defunción, los hermanos despacharon a su madre para que descansara un rato. Todo parecía indicar que tendrían un día muy largo por delante.

-Igual, si el viejo se muere, tenemos las cuentas en orden-, dijo Santiago, el menor.

Sentado sobre un sofá de cuerina verde aceituna, Agustín lo miró pidiendo más información.

El viejo sabe que lo quiero con locura, y yo también sé que él me quiere con locura-, aclaró.

No era poco para instantes cruciales como esos.

Santiago recordó que no siempre había sido así. La dificultad de su padre y suya para conectarse y expresar los sentimientos, había impedido durante décadas, que tuvieran alguna intimidad. Aunque el padre fuera alguien bueno y sensible, en los hechos era una persona de carácter y poco accesible.

Durante una sesión de un grupo de terapia cuando tenía 26 años, Santiago había contado la relación que lo unía con su padre. También, que lo quería muchísimo, pero sentía que no se lo podía contar.

Tienes que poder decírselo-, le dijo una de las terapeutas que coordinaba el grupo.

-No puedo-, contestó Santiago con los ojos llorosos.

-Todos tenemos limitaciones-, retomó la terapeuta. –Cuando nos enfrentamos a ellas la clave es no quedarnos paralizados por algo que estamos impedidos de hacer. Tenemos que buscar otras formas de avanzar.

Aquella noche, Santiago decidió escribirle una carta a su padre. En dos cuartillas le confesó el amor que no podía contarle cara a cara. Cuando terminó era tarde y su padre estaba trabajando en su escritorio. ¿Cómo hacer para dejarle la carta? Se moría de vergüenza de dársela en persona. No había hecho todo aquello para tener que exponerse de esa forma frente a su padre.

Decidió permanecer en su habitación, esperando el momento en que su padre fuera al baño. Cuando finalmente ocurrió, Santiago corrió, le dejó la carta sobre el escritorio, y regresó corriendo a su cuarto.

Con su corazón latiendo como un bombo, apagó la luz y simuló estar profundamente dormido. No fuera cosa que su padre decidiera venir a verlo después de leerla. Se moría de vergüenza de solo pensarlo.

Tardó un par de horas en recuperar el pulso y confirmar que su padre se había ido a dormir, sin venir a verlo antes. Santiago sentía paz por la misión cumplida, aunque tenía algo de angustia por cómo tomaría la carta su padre.

A la mañana siguiente, en el frenesí del desayuno donde todos corren, Santiago saludó a su padre como si no hubiera pasado nada. Él tampoco hizo comentario alguno. ¿La habría leído?

Quince minutos después cuando se saludaron para irse cada uno a su trabajo, el padre le dijo:

Muchas gracias por tu carta.

Santiago sonrió, y avergonzado por la situación, apuró el paso. ¿Le habrá gustado?, -se preguntó.

El hecho había pasado once años atrás, y desde entonces, su padre llevaba siempre aquella carta en su maletín. Las cuentas estaban en orden.

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