Domingo 16 de de Junio 2019

Justo a mí me vino a tocar esta familia

En vez de aprender que la vida discurría por caminos imprevistos y no se podía ordenar sin un alto costo vital, ella era cada vez más intransigente
Justo a mí me vino a tocar esta familia
Foto: Shutterstock

Los manicomios no tienen la exclusividad de gente con problemas mentales. Muchas personas insanas andan sueltas por la vida. Luisa era una de ellas. El hecho que estuviera bien vestida, fuera a misa todos los domingos y tuviera una familia aparentemente normal, no modificaba en lo más mínimo el diagnóstico psiquiátrico nunca efectuado.

Los primeros signos de insanía se manifestaron en la adolescencia de sus hijos. La situación le presentaba un problema insalvable: una cosa eran niños pequeños a quienes vestir de manera impecable, peinar, perfumar y hacer estudiar para que brillen en el colegio, y otra bien distinta eran dos jóvenes pugnando por independizarse.

La creciente libertad del primogénito chocaba de frente con las ideas de Luisa. En el fondo, ella era una de la gran cantidad de padres cuyos hijos eran arcilla para ser moldeada según sus ilusiones y traumas.

El mayor tenía las aspiraciones normales de cualquier joven: salir con amigos, conocer chicas, despertarse tarde. Como todo era un problema para su madre -que sentía que el hijo se le escapaba de las manos-, las peleas crecieron en frecuencia y dimensión.

La vida del joven se fue volviendo tortuosa, a punto tal que intentó suicidarse. Como era de esperar, la madre ni se enteró que el desesperado llamado de atención era por el enorme malestar que su hijo tenía por la opresión que ella generaba.

Luisa consideraba que sólo se trataba de otro de los inconvenientes que provocaba el adolescente. En su visión, los buenos hijos no traían problemas. ¿Existe algún ser vivo que no cause problemas?

Los otros miembros de la familia jugaban roles distintos. El padre era un hombre brillante que forzado a elegir entre apoyar a su esposa o a su hijo, había optado por no separarse. Evitar el conflicto con su mujer resultaba más importante que ser justo o garantizar una sana atmósfera para los chicos.  La aparentemente inofensiva decisión, condenó a los jóvenes a no tener espacio para ser ellos mismos.

En las formas todo era perfecto. Una familia linda, unida, que viajaba por el mundo. Estudiaban idiomas, tomaban clases de equitación y vestían la mejor ropa. El padre era un empresario exitoso y su esposa una dama educada, sencilla y buena compañera.

Puertas adentro, todo era un infierno silencioso. No había lugar para expresarse, ser distinto, o simplemente ser. El hecho que el padre hubiera cerrado filas con la madre en vez de laudar a favor de la sensatez, la libertad y el crecimiento, había terminado de convertir a aquel hogar en una olla a presión.

La hija menor, siendo testigo de lo que ocurría con su hermano, optó por sobrevivir. Su estrategia fue volverse invisible. Nunca confrontaba, y trataba de escaparse del insano radar de su madre. Ojos que no ven corazón que no siente.

La doble vida le permitía al menos, tener una existencia, aunque fuera en la clandestinidad. La vida oficial era una muerte en vida, que solo satisfacía a su progenitora. La secreta, en cambio, estaba llena de vitalidad. Era riesgosa pero auténtica.

Todo pareció arreglarse cuando los chicos fueron a estudiar al extranjero. Ambos hijos descubrieron la vida, la libertad. Se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos. Salvo algunos conflictos menores, la distancia resolvió todo. Cada uno vivía como quería.

No obstante, los inflexibles patrones de la madre seguían intactos o agravándose. A sus setenta años tenía una clara idea de lo que estaba bien y lo que no. En vez de aprender que la vida discurría por caminos imprevistos y no se podía ordenar sin un alto costo vital, ella era cada vez más intransigente.

Lo que no se ajustaba a sus arbitrarios patrones era rechazado o negado, según el caso. Uno de sus nietos había nacido con parálisis cerebral. Ese drama familiar implicaba que el niño necesitara una cama ortopédica y un acceso especial al baño. La casa de sus padres estaba completamente adaptada, no así la de sus abuelos. Como para Luisa las modificaciones resultaban poco estéticas, se había negado durante veinte años a hacerlas.

Así las cosas, sus hijos y nietos rara vez podían ir a visitarla porque el joven no tenía las facilidades mínimas para estar más que un par de horas.

Para no morir de pena, sus hijos negaban su actitud. ¿Quién podía asumir fácilmente que tenía una madre cruel? ¿Sería crueldad o insanía?

Otro capítulo muy significativo fueron los divorcios de los hijos. Luisa era muy religiosa y creía en la indisolubilidad del matrimonio. Poco le importaban las estadísticas que mostraban que más del cincuenta por ciento de las parejas se separaban. En los casos inevitables, creía que las personas debían permanecer solteras el resto de sus vidas, porque de lo contrario cometerían adulterio.

Tal vez porque la vida insistía en enseñarle algo, sus dos hijos se separaron. Años más tarde ambos formaron nuevas parejas, que Luisa rechazó. Esta decisión mortificaba especialmente al padre, quien en el otoño de su vida veía reducida en forma drástica la posibilidad de disfrutar a hijos y nietos.

La realidad se complicó aún más cuando el hijo mayor decidió tener más hijos con su nueva esposa. Como en ese momento Luisa estaba con problemas de salud, decidieron ocultarle las novedades en un intento por protegerla. Temían que al conocer las novedades, se enojara aún más, y su enfermedad se agravara. Si la situación era difícil porque ambos hijos tenían nuevas parejas, engendrar un hijo dentro de un vínculo que Luisa consideraba adúltero, resultaba intolerable. El nuevo nieto nació y en la medida que crecía, se hacía más difícil ocultarlo.

La vida siguió su curso con un niño creciendo sin que Luisa y su marido supieran. A los problemas de salud de ella se sumaron los de su marido y nunca se presentó el momento oportuno para contarles la situación.

Pese a sus limitaciones de salud, Luisa cuidaba con fervor a su marido con cáncer. No quería contratar ni a una empleada, no fuera cosa que alguien se enterara de las vergonzantes situaciones que esa enfermedad generaba. Había que mantener la reputación de la familia a toda costa.

Sin proponérselo, el matrimonio se fue recluyendo cada vez más. Ante la imposibilidad de aceptar a su familia como era, Luisa y su marido se fueron quedando cada vez más solos. Si bien eran visitados, el hecho que los hijos no pudieran ir con sus parejas o nietos reducía mucho el tiempo que podían dedicarles.

En lugar de tener una vejez rodeada por el afecto de familiares, un matrimonio culto e inteligente terminaba solo y encerrado entre cuatro paredes. ¿El marido habría desarrollado cáncer cerebral para desconectarse de la dolorosa realidad?

Ella se volvió hipoacúsica. Si hubiera sido capaz de escuchar, tal vez no hubiera necesitado quedarse sorda. Ante la imposibilidad de hacerlo, no era descabellado pensar que el cuerpo humano, en su infinita sabiduría y capacidad de adaptación, hubiera obrado los mecanismos necesarios para que la realidad no siguiera contrariando a la pobre Luisa.

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